La Vagina

   

La vagina

La vagina no es un canal, no es un depósito de desperdicios emocionales ni energéticos, tampoco es la sensación de deseo carnal de los hombres. Es una zona mágica y oscura. Es un lugar que provoca éxtasis y miedo. Es por donde emerge la vida y por donde entra la muerte. Es vida, por su capacidad de llevar la semilla al suelo fértil del útero donde se engendra el nuevo ser, y es muerte porque los hombres, al entrar en ese lugar, sufren con frecuencia la pequeña muerte ―petite mort―, al alcanzar el orgasmo.

La vagina es la fuente de poder, donde habita dormida la energía sexual en cada mujer. Al hablar de la vagina, hablamos de toda la matriz sexual femenina: útero, cérvix, trompas, ovarios, esponja uretral y anal, clítoris, labios mayores y menores, y próstata femenina.

Al conjunto de estos órganos, los tántricos llaman yoni, que en sánscrito significa “espacio sagrado”. A este complejo engranaje amatorio vamos a llamarle “templo”.

En Occidente insisten en diferenciar la vulva de la vagina. Al concebirlas por separado, las mujeres, en lugar de venerar y honrar a su templo completo, dedican su atención a sensaciones de uno u otro órgano. Por otro lado, los hombres ignoran la capacidad extática, creadora, receptiva, intuitiva y sanadora del órgano sexual femenino; ellos dan un protagonismo exacerbado al clítoris, relegando al útero a una función reproductiva. La propia Ginecología clásica lo promulga así.

La información errónea sobre los genitales de la mujer ha dado lugar a una actitud peyorativa sobre la vagina. Esta es considerada como símbolo pornográfico o tabú. Hablar o mostrar este órgano suscita incomodidad y rechazo.

La vagina es acogedora, suave, sensitiva; es un espacio sensible y muscular, es un órgano interno y pasivo, a diferencia del pene que es externo y activo. La vagina no es una máquina que entra en acción directa; por su capacidad receptiva puede adherirse al pene envolviéndolo en un abrazo profundo, al cual he denominado “abrazo vaginal”, más apropiado que “penetración”. La energía de las paredes vaginales es la ambrosía para el pene en el abrazo. No es casual que a la insuperable forma anatómica del pene le corresponda de forma armónica la vagina.

Para lograr el acoplamiento completo de lo masculino y femenino es imprescindible dar el tiempo apropiado para que estos órganos logren la fusión ideal. Esta fórmula de copular no será posible con el tradicional vaivén del falo. La puerta de la cavidad femenina está preparada para canalizar la energía sexual hacia la parte superior de su cuerpo, a través de canales energéticos asentados en diferentes órganos. Por esta razón, sugiero a los hombres considerar su órgano genital como un conductor de energía para encausar las sensaciones de placer y éxtasis hacia los órganos superiores de sus cuerpos.

La mayoría de hombres no conocen la capacidad del pene, lo usan como un pulverizador de descarga emocional. Las mujeres usan su templo como receptáculo de la expulsión seminal mecánica del coito. Hombres y mujeres despilfarran la aptitud creativa del acto sexual. En lugar de canalizar la energía hacia todo su cuerpo y elevar la frecuencia vibratoria del encuentro a un nivel más alto, provocan con el coito un derroche energético producido por la fricción y el vaivén del pene en la vagina.

Si bien este acto genera agradables sensaciones impetuosas, está copado por el deseo de descarga energética y presionado por la sangre acumulada por el usual frotamiento genital. La pareja, con este acto de rendimiento, no conseguirá orientar la energía hacia los órganos superiores y menos aún elevar la frecuencia vibratoria de placer. El abrazo vaginal incrementa la energía vital. Con la penetración sucede lo contrario: la fricción por la frenética entrada y salida del falo en la zona vaginal y una cortísima permanencia dentro de la mujer no permiten el diálogo innato de los órganos sexuales, por consiguiente es improbable un verdadero enlace entre pene y vagina.

Con el clásico encuentro sexual es imposible lograr la fusión en una sola unidad, menos aún encontrar la danza armónica de la fuerza dinámica del hombre con la fuerza pasiva de la mujer. Lo normal es tener sexo de rendimiento. Lo natural es el sexo de fusión. Normal surge de la norma, lo natural de la naturaleza.

En mi experiencia como terapeuta sexual, a través de testimonios del noventa por ciento de mis clientes, he podido comprobar que en aquellos encuentros sexuales en los cuales las mujeres disfrutan con libertad su erotismo, la vagina no participa. Son pocas quienes disfrutan del orgasmo vaginal.

He leído en algunos libros escritos por mujeres profesionales en los cuales aseguran que tenemos solo un tipo de orgasmo. Estoy convencida de que esta radical aseveración se hace a partir de investigaciones realizadas a grupos de mujeres quienes no conocen las sensaciones orgásmicas provocadas por la vagina y la cérvix. Con certeza son las féminas que prescinden de su templo para estar en el amor. No digo “hacer el amor”, porque el amor no se hace. Se está en el amor.

Mujeres y hombres desconocen el lenguaje sexual de la vagina. Ellas no tienen relación directa con sus cuerpos y prefieren delegar a sus compañeros la responsabilidad de su éxtasis sexual. Esta ignorancia no permite que la vagina alcance su grado extraordinario de sensibilidad, facultad que permite al pene obtener experiencias de placer prolongadas y extáticas. El hombre en su afán de llegar a la meta y a la eyaculación, se pierde el desbordante legado erótico femenino que yace en espera de ser incorporado en el arte amatorio, para trascender a nuevos espacios de placer.

Por regla general, el amante facilita su acción sexual a enajenadas acometidas fálicas irritando las paredes vaginales. La vagina necesita ser reconocida como lo que es, su simple nombre causa rechazo; por tanto, es inminente desvincular al cuerpo sexual femenino de lo profano. Esta responsabilidad es de las mujeres; quienes ante todo deben cambiar los conceptos preconcebidos que persisten en la educación familiar y social sobre la anatomía erótica, para luego empezar a relacionarse con la matriz sexual de manera consecuente y sagrada.

La vagina necesita incorporarse al juego sexual, evitar que sea sustituida por los juguetes sexuales, e incorporarla en la consecución del orgasmo. Los hombres de manera inconsciente están sometidos a un juego desleal con su sexualidad. Ellos, al activar el cómodo y seductor botón del placer femenino, el clítoris, han desplazado la función de su propio órgano sexual. Cabe preguntarles ¿Para qué les sirve el pene si solo utilizan la lengua y los dedos? ¿Qué papel desempeña su falo en el arte del amor? Ellos no tienen una respuesta porque saben que lo acertado es estar dentro de ellas. Es lamentable saber que cuando logran estar dentro de la vagina su permanencia es tan fugaz, y no logran colmar a su pareja. Ellos estimulan el clítoris para que las mujeres obtengan el anhelado orgasmo, ya que ellas no llegan al máximo punto de placer con la penetración.

El desencuentro sucede en primer lugar, porque ellas desconocen cómo alcanzar el clímax a través del abrazo vaginal, y en segundo lugar, porque los hombres consideran que la penetración es similar a masturbarse. Ellos suponen conseguir la misma placentera fricción del pene en la vagina, que la provocada con sus manos. De manera inconsciente y cómoda el hombre y la mujer se han adaptado a la maravillosa e hipersensibilidad del clítoris, para alcanzar el clímax sexual; sin tomar en cuenta al conjunto del aparato genital. Es así como vagina y útero han sido ignorados.

Los amantes se sienten cómodos en la puerta del templo, ellos se quedan tocando el timbre, convencidos de haber logrado la escala máxima del coito y resuelto el orgasmo femenino. Los hombres están satisfechos, pues han cumplido, lo cual les da derecho a entrar sin culpa a descargar sus tensiones emocionales a través de la eyaculación. Esta manera de copular es un sexo de rendimiento, en el cual la meta es la eyaculación masculina y el orgasmo femenino, sin estos términos se considera un coito fallido.

Con este patrón de rendimiento la vagina recibe un fuerte impacto, de tal forma que es agredida constantemente por la frotación del deseo desenfrenado. La vagina se abre y se relaja cuando la mujer se conecta y honra sinceramente su potencial erótico. Este órgano se dilata cuando el hombre está presente y se rinde frente a su magnitud sexual, y por el contrario, cuando es deseada como objeto de descarga seminal, se contrae.

Las personas desconocen el lenguaje sexual de la vagina. Al no tener ellas relación directa con sus cuerpos y al preferir delegar a sus compañeros la responsabilidad de su éxtasis sexual, no se permite que la vagina alcance su grado extraordinario de sensibilidad, facultad que facilita al pene el obtener experiencias de placer prolongadas y extáticas.

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